Para poder introducirnos en un ámbito tan
trascendente y ambiguo como es el educativo, primero me gustaría hacer uso de
las definiciones de Educación:
- Formación destinada a desarrollar la capacidad intelectual, moral y afectiva de las personas de acuerdo con la cultura y las normas de convivencia de la sociedad a la que pertenecen.
- Transmisión de conocimientos a una persona para que esta adquiera una determinada formación.
Como podemos observar, en las dos definiciones se
utiliza el término formación como
objetivo principal, pero no hablan de que tipo. En términos generales
entendemos la formación como la adquisición de habilidades y conocimientos con
fines laborales, encajando así en la sociedad y, por ende, convertirse en
personas realizadas y felices. Esta sería, en teoría, la respuesta más adecuada
según los conceptos de Educación y formación a la pregunta que nos hacemos
desde el principio ¿Qué es educar? Se trata de un tema caracterizado por su
ambigüedad conceptual como de sus propósitos. Por tanto, es en realidad, la
formación de la que hablamos, el verdadero instrumento hacia la consecución de
una persona completa? En mi opinión, una educación condicionada por unos fines
determinados democráticamente y orientados a aspectos más allá de los
científicos no está destinada al fracaso, siempre que los medios sean
verdaderamente “útiles”. A lo largo del ensayo iré explicando lo que entiendo
por “útiles”.
Profundizando más en este tema, reconocemos que la
Educación no es solo un proceso individual, es decir, somos seres sociales y
como tal, necesitamos aprender a ser personas con otros. “La educación no crea
al hombre, le ayuda a crearse a sí mismo” (M. Debesse)*. De la misma manera, no
hay un único método válido de enseñanza porque tampoco existe una sola forma de
sociedad. Con lo cual, en el largo camino hacia la realización de uno mismo como persona intervienen
diferentes elementos educativos que serán los encargados de poner a su
disposición valores como la participación, el respeto, la promoción de la
autonomía y ofrecerles la capacidad de diálogo y reflexión. Así pues, la
madurez ética, cívica y moral no se alcanza espontáneamente con la mayoría de
edad. Se trata de una conquista, en la que participa y son corresponsables
todos los agentes educativos. Es aquí donde aparece el papel del educador. El
profesor adquiere así un rol esencial en el desarrollo de las capacidades de un
niño, comparándose con la figura materna y paterna debido al largo periodo que
se pasa en la escuela, a veces, más que en casa. Con todo, podemos abarcar este
apartado con las palabras del Premio Nacional en Ciencia en 1994, Humberto
Maturana: “La educación es un espacio para que el niño se transforme en un
ciudadano ético”. Claro, ahora parece imprescindible que, para el correcto
desarrollo y realización de los niños en el futuro, la formación de los
profesores debe ser la idónea. Por tanto, es inevitable cuestionarse ¿Qué es lo
que deben hacer los profesores? ¿Cómo deben cumplir su cometido, solamente mediante
la transmisión de conocimientos y habilidades básicas? Es decir, los profesores
únicamente tienen que poner en las manos del niño los conocimientos necesarios
para que él mismo los utilice a su antojo y recoja de manera selectiva aquellos
conocimientos que necesita y rechace los que no, y en última instancia, el
profesor deberá evaluar si esos conocimientos transmitidos están bien
aprendidos por el alumnado. Pues no, en realidad el objetivo de un buen
educador es el de inspirar en el alumno el deseo de aprender. Siguiendo esta
idea se muestra necesario hacer referencia a Savater*, que concibe la educación
como un movimiento humanizador basado en el mutuo aprendizaje. Por tanto, los
profesores no solo deben poseer conocimientos sino también un saber pedagógico que
entregar a los niños. Es por eso que saber no es lo mismo que educar. ¡Cuántas
veces nos hemos encontrado profesores con grandes conocimientos que, además de
no saber transmitirlos a sus alumnos tampoco han despertado el deseo de
aprender que seguramente tienen!
Como ya hemos dicho, la Educación no es un proceso
individual, por lo tanto, el binomio educador-educando será exitoso cuando el
educador consiga adaptarse a las necesidades del individuo, inspirándole el
deseo de aprender y consiguiendo que deje de ser una parte pasiva del
aprendizaje, es decir, es necesario que alumno se sienta involucrado en el
aprendizaje y no un peón más en el proceso. Apoyándome en personajes como Paulo
Freire, uno de los pedagogos más influyentes de la educación del siglo XX y
continuando con mi reflexión sobre lo que es el concepto de la Educación se
extrae de sus ideas que el conocimiento no se transmite, se “está
construyendo”. Es decir, el acto educativo no consiste en una transferencia de
conocimientos, es el goce de la construcción de un mundo común. Para ello,
Paulo utiliza el término de “Educación problematizadora” que aboga por un
sistema bidireccional de la educación, basado en la comunicación y el diálogo
entre educadores y educandos, con el fin de inhibir la pasividad. Un aspecto a
destacar sobre la aportación de Freire a la concepción de la Educación es su
preocupación por el aprendizaje de la palabra, que considera medio
indispensable para la expresión de las ideas propias de cada uno: “ El
aprendizaje y profundización de la propia palabra, la palabra de aquellos que
no les es permitido expresarse, la palabra de los oprimidos que sólo a través
de ella pueden liberarse y enfrentar críticamente el proceso dialéctico de sus
historización (ser persona en la historia)” y que con ello trata de ilustrarnos
acerca de valores morales y derechos inherentes al ser humano. Es así como el
proceso de alfabetización se erige como
la conquista que hace el hombre de su palabra, lo que conlleva la conciencia
del derecho de decir la palabra. Como resultado el sujeto paulatinamente
aprende a ser autor, testigo de su propia historia, entonces es capaz de
escribir su propia vida, consciente de su propia existencia y de que es
protagonista de la historia.
Pero estamos hablando de la Educación anhelada por
los que de verdad se preocupan por el desarrollo integral y el futuro de los
niños, la cual, no poseemos. En nuestro caso, el real, la enseñanza está
determinada por un proceso metódico, casi mecánico, que acerca a los niños a
comportamientos y pensamientos poco divergentes respecta a ideales impuestos y
concebidos como los adecuados pese a que no sea así, mermando sus capacidades
creativas, innovadoras, reflexivas y críticas. Así como también se ven
sometidos a análisis, mediante un sistema de puntuación para determinar si los
conocimientos transferidos fueron aprendidos correctamente. Una vez comparadas
la Educación anhelada con la real se abre un vendaval de preguntas acerca de
los actuales métodos de aprendizaje: ¿ Por que solo se evalúan las áreas de
conocimiento “medibles”, es decir, donde solo hay una respuesta posible? ¿ Por
que no se plantean dilemas éticos donde los educandos aprendan a desarrollar su
capacidad crítica y reflexiva y a discernir su propia respuesta a través de los
conocimientos que ha obtenido? Porque aunque dos niños se les brinde los mismos
conocimientos científicos no tienen por qué pensar de la misma manera ni
obtener los mismos resultados en los exámenes. Pongamos un ejemplo, en una
clase se imparten unas determinadas asignaturas durante todo el año, se evalúan
los resultados que se obtienen a través de un sistema de puntuación y se les
pone la nota correspondiente a cada alumno. Entonces, como ya se comentó en la
película “La escuela prohibida” que vimos en clase, un número determina la
calidad de una persona? Al parecer, si la respuesta es que sí, se deja en
evidencia las numerosas deficiencias en la estructura del sistema actual.
Finalmente, pienso que la mejor forma para hacer
llegar al lector lo que trato de decir es mediante una cita. A lo largo del
ensayo he ido introduciendo diferentes citas que se adaptaban al tema en
concreto del que estaba hablando, pero es la siguiente cita la que resume mi
idea sobre la Educación: “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame
y lo aprendo”. Ésta cita pertenece a Benjamin Franklin, uno de los padres
fundadores de los Estados Unidos, científico, político e inventor. Ni la escasa
formación básica que obtuvo, ni los problemas familiares que arrastraba desde
que era un niño consiguieron mermar sus capacidades creativas e innovadoras.
Con esto quiero decir, que nacemos con una esencia inventiva, la cual no debe
ser destruida por ningún sistema, y menos el educativo. Es decir, el reto de la
Educación consiste en inhibir la pasividad del alumnado, objeto de un
aprendizaje que parece ajeno a él. Se debe tratar de inspirar ese deseo de
aprendizaje mediante el diálogo y la reflexión, haciéndoles sentir que son
capaces de escribir su propia vida y que son protagonistas de la historia
alcanzando así la madurez ética, cívica y moral. La cual es la que de verdad va
a necesitar en un futuro para enfrentarse a los acontecimientos de la vida.
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